YO, EL CHÍCAMO

Dice de mí el historiador Al-Rhamiz “que soy un río sin agua, que sólo arrastro historias trituradas por el molino del tiempo”. Pero entre mis historias también arrastro polémicas. Debo ser tan viejo como el Thader, aunque no recuerdo cómo me llamaba en aquellos tiempos. Tampoco me acuerdo muy bien de todos los que bebieron de mis aguas, desde reyes a bandoleros. Al llegar a los dominios del pájaro oriol desemboco en el Segura, que viene de lejanas tierras, donde en el siglo XVIII me llamaban “la rambla de Abanilla”. En esta época el cardenal Belluga mandó excavar un azarbe para recoger mis escorrentías y aprovecharlas en sus Pías Fundaciones: Dolores, san Felipe y san Fulgencio; bautizándolo con el nombre de “El azarbe de Abanilla”. Aclaración: En el siglo XVIII, Belluga lo que realmente mandó hacer fue profundizar, ensanchar y prolongar más el azarbe que ya se conocía como de Favanella (Abanilla), con el fin de desecar los terrenos de almarjales en los que creó las Pías Fundaciones, conociéndose a partir de entonces como “el azarbe de Abanilla”.

Mi origen está en la confluencia de varias ramblas y ramblizos torrentosos, que tienen su origen en la parte septentrional de Abanilla y sus colindantes del País Valenciano: Pinoso y la Algueña. La formación rocosa más al norte que me aporta sus aguas es la sierra del Reclot, frente al Rodriguillo, por lo que en ella considero que nazco. Mi cuenca la conforma casi todo el término de Abanilla (234 Km2), más otras áreas de Pinoso, la Algueña, Fortuna, Orihuela, La Matanza de Santomera y Benferri, lo que suman unos 450 Km2.
Nota: La zona oeste de los parajes de El Tale, Las Contiendas y Los Baños de Fortuna perteneciente a Abanilla, son tributarios de la rambla del Ajuaque que, a su vez, es afluente de la Rambla Salada.

Inicio mi cauce definido en forma de trinchera desde El Cantón hasta Abanilla, con pronunciados desniveles que rondan los 15 metros por Km, por lo que las aguas de las torrenteras discurren con inusitada violencia, arrastrando gran cantidad de materiales que encuentran a su paso. No en vano se me considera un río-rambla de poco fiar. En el paraje denominado El Chícamo, del cual he tomado ahora su nombre, cuando ya mi trinchera forma un cauce único, tengo un nacimiento de agua constante, que en el siglo XVIII era de muy buena calidad, por lo que me llamaron el río dulce, para diferenciarme de mi afluente El Zurca, al que le llamaban el río salado. En aquel entonces fue de suma importancia mi agua, así como los peces que en ella se criaban y comercializaban, además de la fauna y flora autóctonas, hasta el extremo que los administradores de la Encomienda prohibieron la caza y pesca en mi curso, sin el previo permiso del comendador, inventando así la licencia de caza y pesca.

Los íberos dejaron algunas huellas cuando se establecieron a mi socaire. Los romanos, allá por los siglos I al IV después de Cristo se establecieron en mi ribera, que ahora se llama Sahués, con una explotación agraria tipo “villae”, aprovechando mis aguas para sus cultivos. Actualmente la calidad de mi líquido elemento ya no es la misma que antaño, ni el caudal tampoco, pues como provienen del acuífero de Quibas y éste está muy esquilmado, los analistas dicen que son duras (40´5 grados franceses). Como al acuífero no le pongan remedio, que difícil lo tienen, el final de mis aguas va a ser en Torrevieja, para que le saquen la sal, pasándolas previamente por Pinoso.

 

Cuando los árabes llegaron a Orihuela siguieron mi curso y, por lo visto, les gustó el lugar, por ser muy parecido al de su procedencia. Poco a poco se fueron estableciendo en mi territorio, hasta llegar a colonizarme, construyendo las infraestructuras hidráulicas necesarias para aprovechar mis aguas en su totalidad, porque los cultivos que ellos trajeron necesitaban riegos muy periódicos. Para ello establecieron el sistema de reparto en tandas periódicas, por medio de acequias, brazales y paradas. Después de ocho siglos de dominación musulmana tuvo lugar la conquista cristiana y los colonos venidos de Castilla y de Aragón se hicieron dueños y señores de mí y de mis fértiles huertas, lo que les reportó buenos beneficios para la Corona y sus feudos. Es más, instalaron varios molinos que movían mis aguas. Esto fue un adelanto muy beneficioso, al que le sacaron mucha pecunia; y la ventaja de no tener que ir a Orihuela a moler. Con el correr del tiempo expulsaron a los moriscos, aunque estos no querían marcharse. La Santa Cruz se apareció en la “cieca” y, desde entonces, la bañan en mis aguas. Los albaricoques de Damasco, las peretas, los higos y las brevas, las granadas y los dátiles que se cultivan con mis aguas son muy sabrosos; y de mucho prestigio en los mercados de los pueblos circunvecinos. Las polémicas del “Heredao” de mis aguas son tan enrevesadas y escabrosas, que será mejor no remover viejos fangos, para no enturbiar mis memorias. De anécdotas tengo para escribir un libro, de grueso tomo, pero como ya soy demasiado viejo y no he tomado apuntes, la mitad se me han olvidado. A ver si estos muchachos de “Las Cosicas de Abanilla” se toman más tiempo y las completan de una vez, para que los que nos visiten no escriban desaciertos en Internet. Mi poder destructivo no tiene límite, sobre todo cuando san Pedro abre las compuertas del cielo y no las cierra a su debido tiempo. En 1684 me llevé por delante el pequeño poblado de Benferri, totalmente, hasta el punto de que hubo que hacerlo de nuevo. Para no embarrarme mucho en pretéritos tiempo, porque el agua pasada ya no mueve molino, empezaré por el siglo XVIII, refiriendo que destruí montones de veces el azud y demás ingenios que recogen y transportan mis aguas, sin que les diera tiempo a repararlos, causando serios contratiempos, porque en aquel entonces de lo que se cultivaba se comía. Un presbítero castrense, don F. Ruiz Tristán, dejó dicho en su testamento que edificaran en el lugar donde nacen mis aguas una ermita a la Virgen del Rosario, para implorar su intercesión, pero no llegaron a erigirla.

Hubiese sido un acierto, porque acudirían los devotos en peregrinación, como en otros lugares del reino. En el siglo XIX ya se tomaron las debidas precauciones y se reforzaron las infraestructuras. Mis aguas las encauzaron a un molino, cerca de su nacimiento, de cuyos vestigios sólo quedan algunos pedruscos. Aquella industria fue muy importante, sobre todo en la década del estraperlo, que molía día y noche, sin parar, con sus dos sistemas de piedras. Invadí en no pocas ocasiones las poblaciones de Cox, Redován, la Campaneta y el Escorratel de Orihuela. Hicieron muros terreros, paredones y todo lo que estaba a su alcance, pero cuando mi agua va, y va de mala manera, sal corriendo que no tiene espera. En 1947 llegué a destruir parte del paredón de Benferri y la mitad de su cementerio, aunque las culpas de aquel desastre se las echaron al “sángano” de Abanilla. En algunas nefastas ocasiones nos hemos salido de madre yo y mis colegas el Guadalentín y la rambla de Santomera, que al confluir con el Segura algo cargado, hemos provocado que se hiciera navegable hasta Orihuela, donde las ranas se tuvieron que poner corchos en más de una ocasión.

Pero no todo son sombras en mi ajetreada vida, pues en 1934 con mis aguas empezaron a mover una turbina que accionaba una dinamo, la cual producía corriente “létrica”, en la Umbría, con lo que se hizo el milagro de que se pudieran iluminar muchas cavernas trogloditas con esta luz, porque hasta entonces se alumbraban con candiles, chuminos, quinqués, velas y capuchinas. El último susto lo di en 1987, a pesar de que ya me habían puesto un buen tablacho en El Paúl, que por medio de un cequión desvía mis aguas torrenciales al pantano de Santomera. Estoy muy orgulloso de que importantes pintores plasmen mis paisajes en óleo o acuarela, así como que se me grabe e inmortalice en sistemas digitales de imagen. Ya se habla de mí en libros y escritos locales, regionales e incluso nacionales. He estado presente en el Congreso Internacional de Riegos Históricos celebrado en Valencia, por lo que me conocen allende los mares. Yo lo observo todo desde muy arriba, con mi ojo tridimensional en gran angular, pero mi percepción es totalmente distinta a lo que se suele decir o comentar, porque no estoy pegado a los intereses terrenales, sino a los valores eternos. Agradezco a “los ecologistas” todo el interés que ponen para proteger mi fauna y mi flora. En la Umbria he excavado durante milenios, sobre areniscas fosilizadas, un singular desfiladero, al que le llaman El Cagel; que unos escriben con j y otros con g. Les ruego a los excursionistas que no me arrojen inmundicias y respeten el medio ambiente en toda mi cuenca, como Dios manda.

FOTOS: Eduardo de Gea

http://lacronicaindependiente.com/2014/12/yo-el-chicamo-por-eugenio-marco/

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