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¡Que viene el Comendador!


En la noche del sábado 25 de julio, tuvo lugar una visita turística muy especial, pues se trataba de una visita teatralizada. Lo normal en una visita turística a un lugar, es que se lleve a cabo mediante un guía turístico cualificado y autorizado, pero en los últimos tiempos está llevándose a cabo también el ir un paso más allá, que es el aportar dichos conocimientos desde un punto de vista más activo, que es el introducir al espectador en medio de lo que bien podría haber sido una situación real que hubiera podido darse. Así, jugando con determinados hechos reales e históricos, se introducen personajes que narran la situación y coyuntura sociocultural de la época, y nos meten de lleno en sus vaivenes y coyunturas, utilizando de hecho también a los propios espectadores como si de vecinos reales se tratara, alejándose por tanto en este tipo de actos de lo que es una típica visita a un determinado lugar, sino pasando a formar parte de la propia historia.

Fue a través de la Oficina de Turismo que se vio apropiada la idea de llevar a cabo este evento en nuestras calles de Abanilla, y una vez autorizada la gestión, nos pusimos en contacto con nuestro vecino Eugenio Marco, quien muy gustosamente colaboró, como siempre lo ha hecho, con los actores que iban a llevar a cabo esta función, aportándoles los datos al respecto de los hechos históricos, así como diversas anécdotas de personajes históricos reales, que pudieran servir para introducirlas en los diálogos, y resolviendo las dudas que mientras que se desarrollaba el guion les surgían.

La idea, tenía que poner de relieve la historia de la villa de Abanilla, así como le gestión que la Orden de Calatrava hizo mientras estuvo controlando el término municipal. Y teniendo como fondo estos hechos, ya sólo era preciso hilvanar una historia medio creíble, por lo que se jugó con la inminente llegada del nuevo Comendador de Abanilla, que había sido nombrado recientemente y se encontraba realizando visitas a los municipios que controlaba. A lo largo de la historia de Abanilla, ha habido diversos Comendadores, pero sin duda el más conocido fue Don Juan de Cereceda y Carrascosa, del cual ya se ha escrito por parte del propio Eugenio, y también hay información al respecto en la página de turismo de Abanilla.

A continuación, os dejamos con el vídeo que grabó Manolo MP, de esta visita teatralizada. Esperamos que disfruten con su visionado.

Aclarar al público en general, que como obra teatralizada que era, y dadas las circunstancias históricas y el paso del tiempo, fue preciso tomarse una serie de “licencias” para adaptar la realidad a la historia, amén de algún que otro error que se dijo, las cuales procedemos a indicar:

  • El Señorío de Abanilla no se lo concedió el Rey a la Orden de Calatrava, sino que pasó al dominio de la Orden de Calatrava en 1434 por una permuta de posesiones, por lo que no fue por concesión real.
  • La Orden de Calatrava no se creó en  Alcántara, sino en Calatrava la Vieja, actualmente perteneciente al municipio de Carrión de Calatrava.
  • El escudo de la Casa Cabrera no es de los Rocafull, sino de los Cabrera, que era sobrino nieto del comendador Cereceda, pero se puso una vez fallecido el citado comendador.
  • La iglesia parroquial de san José no se hizo sobre las ruinas de otra ermita que había allí anteriormente, sino en un solar que donó José Tristán Rocamora. La de san Benito estaba en El Lugar Alto, a la espalda del actual monumento al Corazón de Jesús.
  • El edificio del Ayuntamiento no estaba construido en 1712 cuando se ubica la escena teatralizada, pues su construcción data de entre 1751 y 1762.
  • El terreno de la ermita de san Sebastián y san Roque, no lo vendió el administrador a nadie. Esto fue una licencia histórica para “argumentar” de cierta manera en dicha época que en la actualidad físicamente ya no existía dicha ermita, que fue derruida en 1967.

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EL ESTRAPERLO Y LA FISCALÍA


(COLABORACIÓN ESPECIAL A PROPÓSITO DEL “ESTRAPERLO” COMENTADO EN EL ANTERIOR ARTÍCULO ACERCA DE LAS MUTACIONES EN EL ESCUDO MUNICIPAL DE ABANILLA)

Durante la segunda República, dos extranjeros llamados Straus y Perle inventaron una ruleta trucada que pretendieron introducir en España en 1934. De la conjunción de estos nombres surgió el vocablo estraperlo, término que sirvió para englobar cualquier negocio ilegal consistente en la compraventa de mercancías sujetas a la intervención estatal.

Los artículos de consumo de primera necesidad, entre ellos el trigo y el aceite, estuvieron intervenidos por el fisco bastantes años después de la guerra civil. De su vigilancia y control, y de perseguir a los estraperlistas, se encargó un organismo nacional llamado Fiscalía de Tasas, auxiliado en el ámbito rural especialmente por la Guardia Civil. Los géneros intervenidos nutrían la despensa nacional y se distribuían a precios asequibles mediante las famosas cartillas de racionamiento. Durante aquellos años floreció, naturalmente, el mercado negro, y algunos hicieron grandes fortunas a costa de la necesidad general. Eran tiempos de forzosa autarquía por el aislamiento internacional a que fue sometido el régimen de la posguerra, con las reservas de oro y divisas esquilmadas, por lo que no hubo otro remedio que abastecerse en gran medida con recursos propios.

Como las carreteras y caminos principales estaban vigilados por las fuerzas del orden, el pequeño estraperlista transitaba muchas veces de noche por senderos y trochas con la mercancía a lomos de bestias y de bicicletas, algunas de ellas especialmente modificadas y reforzadas para transportar pesados pellejos de aceite de oliva, artículo carísimo entonces, pues un litro de este producto sobrepasaba en valor las veinticinco pesetas del sueldo diario de un peón agrícola. Hasta en las historietas de los tebeos se hacía referencia al estraperlo, pues recuerdo unas viñetas de aquellas revistas de a treinta céntimos en las que se preguntaba a los niños qué querían que les trajesen los Reyes Magos, con respuestas de este tenor: Si querías ser futbolista, un balón; y si estraperlista, un litro de aceite.

El caso de la Fiscalía de Tasas era preocupante para los pequeños agricultores, pues como no había otra solución que sembrar trigo para autoconsumo, casi siempre se sembraba alguna tahúlla sin declarar, y como había necesariamente que moler el trigo, el paso de este cereal por el molino era peligroso. Recuerdo, esta vez en carne propia, que los últimos quince quilos de trigo que nos quedaban de una modesta cosecha los llevó mi padre al molino de Callosa, con tan mala suerte que poco después llegaron los inspectores fiscales. Era el único remijón de trigo en el molino, pues el resto todo era cebada y maíz, y, en consecuencia, fue intervenido, y gracias a que no hubo sanción por la pequeñez del delito. Ni que decir tiene, que a la Fiscalía se la temía entonces como en tiempos pasados a la Inquisición.

La escasez de trigo obligaba a panificar harinas de centeno y cebada, ya solos o mezclados. Recuerdo algunos chuscos de racionamiento de pan de cebada –de auténtica cebada, acreditados por incluir granos sin moler- responsables de diarreas en estómagos débiles o poco habituados. Los agricultores, a falta de trigo preferíamos el maíz, aquel maíz dulce de escasa talla y mazorca pequeña, con granos de colores en algunos ejemplares, con los que nuestras madres y abuelas amasaban finas y crujientes tortas llamadas minchos, semejantes en su forma y tamaño a discos de gramola, o bien tortas de mayor calado sobre llandas de hojalata, o panecillos de forma cónica llamados bollos, que salían a veces pasados de horno por fuera y crudos por dentro. Estas delicias (el hambre les daba esa virtud) se solían acompañar con aceite o con manteca de cerdo y sal -la mantequilla solo existía de nombre- para merienda de niños, o de plato principal, a veces único, en la mesa. El agua, o el vino, convenía tenerlos cerca, pues el bolo alimenticio viajaba con lentitud a lo largo del esófago y los atragantamientos eran frecuentes.

Rafael Moñino Pérez

Agente de Extensión Agraria

Rafael Moñino, en el centro de la imagen, en la presentación de su libro “COX, EL IBERO”, también es coautor del libro “Los Regadíos Medievales y su evolución histórica en el Bajo Segura”

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