ENTRE LA TRADICIÓN Y LA PEDANTERÍA

  Escritores nada sospechosos de ateismo y proselitismo, como J. Barceló Roldán, han dicho lo siguiente: “Un cristiano ni tiene por qué, ni debe apoyarse en reliquias como sudarios, lignum crucis, paños de Verónica y otras tantas que la piedad, o mejor dicho, la superstición popular ha elevado a la categoría de documentos históricos concluyentes, cuando la verdad es que su veneración proviene de tradiciones y leyendas a las que el tiempo ha nimbado con una aureola místico religiosa, y nada más”.

            Además de lo que ya he escrito en otras ocasiones, citaré que el vocablo de Verónica no corresponde a ningún nombre de persona judía, griega o romana de la antigüedad, sino que deriva su significado de la contracción del nominativo “icono verdadero”, es decir, “vero icono”, procedente todo ello de una leyenda o cuento apócrifo de la Pasión del Señor. Por ello no debemos apoyar nuestra fe en las reliquias, y mucho menos en su posible autenticidad. La fe del cristiano, como dicen los Santos Padres, debe basarse en la doctrina y en el mensaje de Cristo a través de las enseñanzas del Evangelio, apoyándonos como alimento espiritual en su presencia “sacramental”, que no física, en la Eucaristía. Y digo física, porque científicamente se denomina “física” a todo aquello que se pueda contar, medir, pesar o detectar por medio de aparatos o procedimientos conocidos. Otros autores más sospechosos de proselitismo que el citado J. Barceló, dicen que creer en la autenticidad de las reliquias, en general, puede rayar en la subnormalidad. Hay que tener en cuenta que, por lo general, la osadía es la hija natural de la ignorancia. No hay que olvidar que de los dioses del Olimpo griego y romano, también se conservaban reliquias “auténticas”: El casco de Mercurio, el tridente de Neptuno, etc., incluso del barro con que se creó al primer hombre.
            La fe y la devoción mal entendidas no deben servir para emplear terminologías inadecuadas, pues la Santa Cruz es el símbolo del cristianismo. Como dijo Miguel Hernández en su poema Reconquista: “El lábaro triunfal de Constantino”. Debemos cuidar las expresiones, sobre todo las escritas, las que no se las lleva el viento, si no queremos caer en la pedantería. Pero también las verbales, sobre todo en actos festeros y discursos oficiales. La Santa Cruz es lo que es y ni en sentido figurado ni poético debemos considerarla nuestra madre que nos protege bajo su manto, porque le estaríamos quitando el puesto que por derecho propio tiene la Santísima Virgen. No olvidemos que la devoción sacada de contexto es un hazmerreír garantizado.
            Aparte de todo lo anterior, cada vez parece estar más claro, sobre todo para los que no nos andamos con chovinismos, que la devoción a la Santa Cruz en nuestra villa puede datarse entre 1622 y 1722, lo que nos hace partícipes de la veneración a las reliquias más significativas, las de la Pasión del Señor, lo que debe ser orgullo de los abanilleros, pero dentro del un orden religioso y civil, que no todo lo contrario. La leyenda más o menos increíble (casi todas las leyendas suelen ser increíbles), de la aparición o encuentro forma parte de nuestra idiosincrasia y de nuestra historia, por lo que no la debemos minimizar ni maximizar con otros intereses que no sean los meramente religiosos, porque de lo contrario caeremos en la irreverencia. La verdadera reverencia no consiste en hacer genuflexiones y parafernalias innecesarias. A propósito de esto, recuerdo que en la celebración de un medio año festero, no muy lejano, unas determinadas personas entraron en la ermita de Santa Ana y, desde el portal, empezaron a santiguarse y hacer genuflexiones, más que si estuviera expuesto el Santísimo. No es el mismo protocolo religioso el de la adoración que el de la veneración. No se deben confundir los tratamientos, independientemente de la fe o la devoción que cada una sienta por tal o cual santo o reliquia. Cada cosa en su lugar y cada santo en su pedestal.
E. Marco
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