El Pendón de Abanilla

Recientemente el Gobierno regional ha aprobado la bandera de Bullas, previo informe favorable de la Real Academia Alfonso X el Sabio, con su escudo concejil cuya aprobación oficial tuvo lugar en 1957 con los beneplácitos de la Real Academia de la Historia.
Hace justamente dos años la consejería de Presidencia, por el decreto 6/1999, aprobó la bandera de Abanilla, pero con el informe negativo de la Real Academia Alfonso X el Sabio y con un escudo que no es ni puede ser concejil por contener las armas reales de Fernando VI, que se viene empleando de facto e indebidamente desde 1937. En el libro Símbolos Municipales de la Región de Murcia, editado por la Asamblea Regional en 1999 cuyo autor es don Luis Lisón Hernández, diplomado en Genealogía, Heráldica y Derecho Nobiliario consta lo siguiente: Abanilla necesita urgentemente adoptar un nuevo escudo, teniendo en cuenta su historia y los antecedentes citados.
Desde el siglo XVI a las banderas con el Blasón Real se les denomina pendones. Según los expertos, somos la Comunidad Autónoma en la que más banderas inmigrantes hay por hectárea cultivada y como faltaba el pendón, se le ha adjudicado por méritos propios a Abanilla, pues hasta no hace mucho lideraba el palmarés de la emigración al vecino país galo. El atropello histórico cometido ratifica que “la excepción confirma la regla”. Su Concejo compuesto por trece ediles de los cuales seis tienen titulación universitaria, parecen sentirse orgullosos y ufanos al ostentar en su historia populista con el Pendón Real, excepción no sólo autonómica, sino del Estado. Lo imposible se ha hecho realidad porque amigos nunca faltan para aplaudir la sinrazón y el primer edil en el pleno del 20-3-2000 manifestó que mientras él sea alcalde, el escudo no se cambia.
Considero que el verdadero patriotismo debe ser algo mucho más serio y coherente que presumir de una “serafínica bandera pendonera” confundiendo al respetable, por ostentar impunemente las armas de un blasón real como escudo concejil. Que nadie alegue ignorancia, confusión u engaño, porque los únicos que se engañan son aquellos que sólo ven y escuchan lo que halaga a sus sentidos. Aprovecho para recordar a Aristóteles: “Hay que creer en la utopía, porque la realidad es increíble”. Que Abanilla va bien no justifica ninguna burricie ni de antes ni de ahora y menos en el ámbito institucional.
No hay ni un solo error que no tenga sus seguidores, pero corregir es de sabios. San Agustín decía que conviene matar el error, pero salvar a los que van errados. Concluyo con las palabras de Benjamín Franklin: “Sólo los hombres íntegros y educados son capaces de reconocer sus errores”.
Eugenio Marco Tristán
Carta publicada en el diario La Opinión. Sábado 20/01/01
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