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EL CENTENARIO


   Los abanilleros tenemos una importante deficiencia en nuestra memoria histórica festera, que es la de no poder fijar con exactitud en el tiempo el origen de la fiesta de la Cruz de Mayo que, en 1850, según el diccionario de Madoz, ya era la festividad que con mayor solemnidad se celebraba en esta villa, con procesión al sitio de Mahoya, con una reliquia o cruz pequeña que piadosamente se dice aparecida, que se baña en la acequia mayor, con gran estrépito de trabucos. Últimamente, vamos recuperando datos y referencias documentadas que nos despejan algunas incógnitas:

* La existencia de la cofradía de la Vera Cruz, desde 1564, lo que a falta de mayor constatación no implica la celebración del 3 de mayo[1].
* La procesión a bañar la Santa Cruz en el agua de la huerta, el 3 de mayo, con soldadesca, al menos desde 1770[2].
* La celebración con toda solemnidad y boato, en 1922, del “Centenario de la aparición de la Santísima Cruz”, con simulacro de batalla de moros y cristianos[3].
            También han llegado hasta nuestros días, a través de la tradición, indocumentadas referencias en forma de leyendas cargadas de fantasía popular que, a veces, rayan en lo inverosímil:
* La más generalizada refiere que en el lugar de Mahoya, junto a la acequia, unos regantes que iban a tomar la tanda del agua, encontraron un estuche de cuero que en su interior contenía pegadas con pez dos astillas de madera cruzadas, supuestas reliquias de la Cruz de Cristo que, presumiblemente, habían dejado allí olvidada unos soldados que estuvieron acampados. Suele adornarse este relato con el añadido de que dicha cruz pudiese haber sido el remate del asta de alguna bandera y que se encontró entre desperdicios y restos de comida. Sitúa la imaginación popular este hecho a finales de la Edad Media o principio de la Moderna; siglos XV y XVI.
* En un folleto editado en el año 1917, redactado por R. Guirao García, con motivo de la inauguración de la carretera de Santomera a la de Fortuna-Yecla, se hace la siguiente descripción referente a la Cruz: “traída por apocalíptica figura en forma de guerrero…que al desvanecerse dejó en el lugar donde apareciera la reliquia misteriosa, objeto de tanta adoración”[4].
* J. Riquelme Salar, en su Historia de Abanilla, dice que según las referencias de sus antepasados, tras la expulsión de los moriscos llevada a cabo en 1631, al entonces alcalde Pedro Lozano, que tenía una heredad en Benical, junto a la acequia, el día 3 de mayo, al anochecer, sobre las ruinas de un morabito, se le apareció una cruz espectral con gran resplandor y, desde esa fecha, el concejo instituyó la celebración de las festividades de la Santa Cruz en mayo y en septiembre[5].
            Volviendo a la realidad histórica documentada, con el fin de dilucidar la incógnita, entre las investigaciones realizadas nos encontramos con otras noticias:
* El artículo 13 de la Ordenanza de 1503, especificaba el precio por la caza de perdigones y otras especies cinegéticas, según se realizara con anterioridad o posterioridad al día de la Santa Cruz. Esta referencia, por sí sola, no es determinante, puesto que era frecuente señalar las distintas actividades cotidianas por el santoral.
* En las actas concejiles del siglo XVI, hasta ahora encontradas, no se hace ninguna referencia a la celebración de la Cruz de mayo ni de septiembre, aunque sí a otras festividades populares como la de la señora Santa Ana, en 1566.
* En un inventario de la antigua iglesia de San Benito, realizado en 1674, consta que en el altar mayor habían dos relicarios, pero no especifica las reliquias que contenían[6]. En la Historia de Abanilla, de varios autores, editada por la Asociación Cultural Musá Ben Nusayr, en 2008, en la página 333 del tomo I, reseña que en la visita efectuada por frey Sancho de Sandoval a la iglesia de San Benito, en 1719, consta que las dos reliquias que habían en el altar mayor eran: una de San Benito y la otra de las Once Mil Vírgenes[7]. También se reseña en la página 241 del tomo I de este libro, que en 1578 el concejo gastó 12 reales en pólvora para la fiesta de moros y cristianos que se celebró el día de San Roque.
 * En 1760, en el testamento de Cayetano Asienso de la Cerda y Berdún, consta que encargó se le dijeran 300 misas, entre otros, en el altar de la Santísima Cruz de la iglesia parroquial[8].
* En el siglo XVIII, en el inventario de los bienes de la familia de José Tristán Rocamora, se relaciona que tenía de su propiedad un relicario con un “lignum crucis” y un rosario de Jerusalén[9].
            Retornando a la celebración en 1922 del centenario y visto lo hasta ahora encontrado, no podemos admitir que se trate del primer centenario, pero ¿a qué centenario se referían nuestros antepasados? Retrocediendo en el tiempo y tratando de contrastarlo con algún acontecimiento ocurrido tras cada centuria, las fechas cronológicas son:
1822.Queda descartado por constar en el informe de las Hermandades y Cofradías, de 1770, la celebración de la Cruz de Mayo, con procesión a la Huerta, con soldadesca.
1722. No disponemos de ningún documento concreto para poder afirmarlo, pero los personajes o cargos festeros que adornan nuestra fiesta (capitanes y pajes), son claramente dieciochescos y la cristianización de la fiesta pagana de “la maya” por la de los mayos fue motivada por el clericalismo español a partir de 1700, potenciando con ello la celebración del 3 de Mayo[10]. En la nueva iglesia de San José, al menos desde 1760, ya consta la existencia del altar de la Stma. Cruz y cuando se especifica lo de “santísima” es porque existía alguna reliquia autentificada, según la disposición que la Santa Sede dio al respecto en 1736, concediéndoles el culto de “LATRIA” a estas reliquias, apostillando con dicho tratamiento de “santísima” la adjetivación de “vera”, por lo que se suprimió esta adjetivación, dada su redundancia gramatical.
1622. Por su proximidad con 1613, año en el que posiblemente se produjo la expulsión de los moriscos abanilleros, tras el decreto de Felipe III, de 1609, y la consiguiente despoblación que se produjo en la Región, pues los últimos en salir fueron los del Valle de Ricote, en1614. De esta villa embarcaron en el puerto de Cartagena más de mil, con lo que sólo quedaron apenas 40 cristianos viejos. Lo anterior dio lugar a la posterior repoblación con gentes de los reinos vecinos, que pudieron traernos la costumbre de celebrar la Cruz de Mayo, creando una leyenda piadosa alrededor de las reliquias de Tierra Santa, a que tan aficionados eran las órdenes militares, en nuestro caso la de Calatrava que, junto con la de Santiago y Montesa, fueron los herederos de la disuelta orden del Temple[11]. Del tomo VI de la “Historia de la Región de Murcia”, sintetizo lo que se reseña respecto a la faceta religiosa en esta época: La religiosidad en nuestra diócesis, desde el comienzo del siglo XVII, se vio favorecida e incrementada por misiones potenciadas por sermones impregnados de fantasías, visiones y relatos que oscurecían el discurso, hasta el punto de que movían a risa, así como la presencia tumultuosa de reliquias y objetos sagrados, réplica de la Iglesia de Roma al protestantismo. Estas reliquias, en las que predominaban las de la Pasión, fueron objetos considerados con poder sagrado, que llevaban la presencia de lo sobrenatural a la vida cotidiana, dentro de una manifiesta ambigüedad en su carácter de mediación. En la ritualidad que envolvía a las reliquias se mezclaba lo mágico con lo religioso. Cada pueblo pidió y obtuvo alguna reliquia, e incluso las familias pudientes, lo que constituyó un auténtico frenesí. Abundó el comercio y la picaresca. Este periodo recibió el nombre de “la reconquista sagrada”, en un intento de encontrar las raíces de la tradición cristiana local. En varias poblaciones se propagaron las noticias de hechos milagrosos tras el rito del baño de enfermos en aguas de acequias, balsas o estanques en los que el 3 de mayo se introducían cruces con reliquias. El fenómeno de los milagros fue creciendo hasta alcanzar proporciones enormes. Las apariciones de Vírgenes, santos o personajes que avisaban de determinados fenómenos tampoco faltaron. Algunas de estas singulares leyendas han sido historiadas y otras han perdurado en la tradición local.
1520-1522. Por los hechos que sucedieron tras la rebelión de los comuneros de Castilla y la guerra de las germanías de Valencia, J. Torres Fontes, en el “Señorío de Abanilla”, recoge lo siguiente: “los vecinos de Abanilla se revelaron contra los abusos del comendador don Diego García de Padilla, pusieron sitio al castillo y pretendieron asesinarlo, hasta que fue liberado por tropas llegadas de Murcia. También fue cercado en el castillo de Abanilla, a causa de estos tumultos, Juan Ramírez de Segarra, que tuvo que ser liberado por don Ramón de Rocafull, señor de Albatera”. Entra dentro de lo  posible que en estas confrontaciones pasaran por Abanilla las tropas del marqués de los Vélez, que pusieron fin a la revuelta de Valencia, en mayo de 1522, cabiendo la posibilidad que su regreso a Murcia lo hicieran por aquí.
1422. Fue la fecha en que Rodrigo de Avellaneda y Rocafull dio la primera ordenanza a la aljama. En 1420, según A. Merino Álvarez, tuvo lugar la razzia de los adalides de Baza y Guadix, que produjeron estragos en nuestra huerta. En esta época ya había alguna población mudéjar, debido a la predicación de San Vicente Ferrer, en 1411.
* 1322. No se puede considerar para este estudio del centenario la fecha del paso por Favanella del rey de Aragón, Pedro IV El Ceremonioso, por disparidad manifiesta (veintidós años después), dado que en su crónica dice que fue el 9 de diciembre de 1364,coincidente con los relatos castellanos de la época de Pedro I El Cruel[12].
            Haciendo la salvedad de que la lógica, a veces, no sirve de nada, mientras no se encuentran las referencias documentales que lo confirman, la conclusión de este seudo ensayo histórico queda en el siguiente interrogante: ¿Conseguiremos descifrar el enigma del centenario antes de que se cumpla el próximo, que será en el 2022? Particularmente considero que nuestra tradición festera pudo originarse, como mucho, en 1622 y que en1722 fuese cuando se instituyera el protocolo del ritual festero, introduciendo los aditamentos barrocos (la vestimenta de los pajes) que, básicamente, ha llegado hasta nuestros días, con alguna pequeña modificación propia del personalismo y de las épocas, lo que en nada desvirtúa su origen[13]. También entra dentro de lo posible que en 1722 se le diera carácter institucional a esta festividad, que andaba envuelta entre la realidad y la leyenda desde el siglo anterior, tal y como ha sucedido en otros lugares con otras festividades que en un determinado momento, por cuestiones diversas, pasaron a la categoría de fiestas mayores, también llamadas patronales[14]. Esta conclusión se fundamenta en que, hasta la fecha, con anterioridad al siglo XVIII, no se ha encontrado ninguna referencia de reliquia, altar o celebración festiva popular de la Stma. Cruz en nuestra villa, que pueda inducirnos a considerarlo viable. Asimismo, tampoco hay ninguna alusión inequívoca, incluidos los informes de los obispos en sus visitas “ad límina”, a que la ermita de la Huerta (Mahoya), estuviese a la advocación de la Santa Cruz, aunque sí a Santa Ana[15].  Descarto las demás fechas por su acentuada improbabilidad, en base a los razonamientos expuestos y a la documentación histórica encontrada, puntualizando que el hecho constatado de la existencia de la cofradía de la Vera Cruz en nuestra villa, al menos desde 1564, no presupone para nada la celebración de la festividad del 3 de mayo, con visos de popularidad, puesto que estas cofradías se instituyeron en todos los territorios bajo dominio de las órdenes militares y tenían como objetivo fundamental la celebración del Viernes Santo. En algunos lugares también se ocuparon de las celebraciones del 3 de mayo y del 14 de septiembre. Lo de la Cruz de Mayo, como ya se ha referido, se popularizó en nuestro país a partir del siglo XVIII, con “los mayos”[16].   E. Marco

[1] Investigación efectuada por el autor en la Real Academia de la Historia. Fondos de Salazar y Castro. Se hizo pública en la revista Musá Ben Nusayr nº 5, de 2003, página 66, último párrafo.
[2] Documento consultado por A. L. González Rivera en el Archivo Histórico Nacional: Informe del concejo sobre las Hermandades y Cofradías, emitido en 1770, a requerimiento del conde de Aranda.
[3] Referencia dada por La Verdad de Murcia, el 4 de mayo de 1922. Localizada por G. Rocamora Vives.
[4] Referencia dada en un folleto propagandístico localizado por Emilio A. Riquelme Gómez
[5] Lo de 1631 debe ser un error, pues según se refiere en la Historia de la Región de Murcia los últimos moriscos expulsados fueron los del Valle de Ricote, en 1614. Posiblemente los moriscos de Abanilla fueron expulsados en 1613. En la página 404 del tomo I de la Historia de Abanilla, de varios autores, editada por Musá Ben Nusayr, en 2008, Pedro Lozano viene relacionado como alcalde solamente en el año 1628.
[6] Abanilla. Historia de su Parroquia. Varios autores. Página 294.
[7] Según algunas indagaciones posteriores a la primitiva interpretación sobre lo de las once mil vírgenes que fueron martirizadas por motivos de fe, cuya inscripción era: O.M.V., puede que se trate de un error y que deba interpretarse, por lógica, como once mujeres vírgenes, entre ellas Santa Úrsula.
[8] Publicado por José Tenza Lajara, en la página 64 del programa de fiestas de 2008
[9] Referencias localizadas por José Tenza Lajara (Pepe el del ciego de Dionisia)
[10] Véase el escrito al respecto, de Al-Rhamiz y E. Marco, en la página 49 del programa de fiestas de 2008.
[11] En los siglos XI y XII, con motivo de Las Cruzadas, se vivió en Europa la “reliquiomanía”. La mayoría de las reliquias fueron de dudosa e increíble veracidad, amen de las descaradas falsificaciones. Creer en la autenticidad de las reliquias no es una cuestión científica ni histológica. Desde el siglo IV, cuando Santa Elena dijo haber ido a Jerusalén a buscarlas, todo está envuelto en la leyenda y la milagrería.
[12] Léase el artículo “Divagaciones históricas”, del autor, en el programa de fiestas de 1979.
[13] Según las directrices emanadas del concilio de Trento (1545-63), respecto a las celebraciones festivas dice: “La celebración de los santos o la visita a las reliquias, no deben verse pervertidas por el pueblo en fiestas ruidosas y alcohólicas, como si aquellas pudieran celebrarse con jolgorio y sin ningún sentido de la decencia”.
[14] En varios documentas hasta ahora encontrados, pertenecientes al primer cuarto del siglo XVIII, no se cita ni relaciona como festividad notoria en Abanilla la de la Santa Cruz, pero sí otras como la Candelaria, San José, San Benito, San Roque, San Ponce, etc.
[15] AHPMU. Protocolo 9.083. Escribano Álvaro de Arroniz. “Diego García de Agustín, en su testamento fechado el 08-06-1596, manda que se dé de sus bienes “a la obra de la señora Santa Ana de la huerta, dos reales…”.  En el protocolo 9.089, del escribano Luis Lozano, otro testamento del 23-04-1596, de Beatriz Ruiz, recoge lo siguiente: “a la señora Santa Ana y obra de la ermita que se hace en la huerta, real y medio”.
[16] En el capítulo VI, página 127, del libro “Abanilla. Historia de su Parroquia”, se recoge el origen de las festividades litúrgicas en honor de la Santa Cruz. La del 14 de septiembre, denominada La Exaltación, coincide con la consagración en Jerusalén de la basílica Anastasia o del Martirio, el 14 de septiembre del año 335. La del 3 de mayo, denominada erróneamente como La Invención o encuentro del “Lignun Crucis” por Santa Elena (fecha no contrastada históricamente), coincide con el hecho acaecido el 3 de mayo del año 629, en que el emperador Heracleo recuperó de los persas el trozo del “Lignun Crucis” que éstos se habían llevado de Jerusalén, cuando en el año 614 fue invadida y saqueada por el general Salborás. A través de las distintas reformas litúrgicas acaecidas en la historia de la Iglesia, en cada momento se le dio la importancia que interesó tanto a una como a otra festividad. Después del concilio Vaticano II, la festividad del 3 de mayo se ha suprimido del misal romano.

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ACLARANDO QUE ES GERUNDIO


He observado que cuando las autoridades civiles, militares o religiosas interpretan algunas cuestiones históricas de forma poco coherente, alguien, al final, termina creyéndoselo, máxime en este mundo globalizado por la comunicación mediática, donde se lee poco y se oye mucho, siendo la sordera de entendimiento una de las enfermedades más comunes y peligrosa. No pretendo pontificar nada pero sí dejar lo suficientemente claro ciertas cuestiones que, tras las indagaciones llevadas a cabo hasta el momento, he podido medio dilucidar y que son las siguientes:
1º.- En la historia de la Iglesia la festividad de la Santa Cruz del 14 de septiembre antecede en tres siglos a la del 3 de mayo, actualmente suprimida, que solamente se celebraba en occidente y tenía su base en un acontecimiento militar, la recuperación de las reliquias de la Cruz por Heracleo, que los persas se habían llevado de Jerusalén.
2º.- El encuentro o aparición espectral de la Santa Cruz en Mahoya, no es un hecho históricamente contrastado, por lo que permanece envuelto en la peculiaridad de su propia leyenda, al igual que sucede en muchas otras poblaciones, incluida Caravaca.
3º.- La veracidad de las reliquias de la Pasión y la gran mayoría de otras, no es una cuestión científica, sino todo lo contrario, dado que no todas las astillas que se conservan son del mismo tipo de madera, predominando la variedad de pino elenensis. Los relatos de su historicidad y los bagajes de su trayectoria están plagados de fantasía y llenos de contrariedades, difíciles de justificar con la razón.
4º.- La cofradía de la Vera Cruz de Abanilla está datada, al menos, desde 1564, pero no así la celebración de las fiestas de mayo con la romería a la huerta, a bañar la Cruz, hasta el siglo XVIII. Las cofradías de la Vera Cruz se impusieron en todas las poblaciones bajo jurisdicción de las Órdenes Militares, siendo su principal cometido la celebración del Viernes Santo.
5º.- La existencia de la ermita de Mahoya no está documentada más allá de principio del siglo XX, puesto que no se encuentra relacionada en los informes de los obispos. Tampoco está claro que existiera anteriormente en dicho lugar un morabito. Está actualmente catalogada por la Diócesis como ermita, que no santuario.
6º.- La tradición de la soldadesca (capitanes, pajes y tiradores), según la documentación encontrada, no va más atrás del siglo XVIII.
7º.- El rito de la apertura de la granada y el baño de la Cruz tienen claras connotaciones dieciochescas.
8º.- Las hermandades y cofradías religiosas son entidades incardinadas a las parroquias y, por tanto, a la Diócesis, no teniendo propiedades de carácter privativo ni personal, siendo sus directivos meros administradores, con total sujeción a las directrices y decretos de la curia.
9º.- Lo de la “batalla de Santa Ana”, de momento, es una especulación histórica que hace pocos años tuvo su connotación festera, al igual que sucede en casi todas las poblaciones que celebran fiestas de moros y cristianos sin disponer de hechos de armas con respaldo histórico local.
10º.- El empleo de la expresión “Santísima y Vera” es una adjetivación lingüística redundante, dado que desde 1736 la distinción de “santísima” implica la relativa veracidad histórica de los “Lignum Crucis” que se guardan en Roma, llegados allí en lejanos tiempos y guardados en circunstancias rocambolescas. Estas vicisitudes hacen que la aptitud del Vaticano no sea taxativa con estas y otras reliquias en general, que datan de los tiempos primigenios: el santo Grial, la lanza del Centurión, el mantel de la última cena, la Sábana Santa, los clavos, las espinas, etc.
11º.- La devoción sincera de las gentes sencillas nada tiene que ver con la veracidad científica de las reliquias, ni con la contrastación histórica de las leyendas locales, ni con la ostentación de signos externos: cuadros, estampas, almanaques, azulejos, pegatinas medallas, llaveros, etc., sino que es algo totalmente personal.
12.- Las fiestas civico- religiosas forman parte del devenir de los pueblos, de su cultura y de su idiosincrasia, siendo la manifestación popular de sus creencias, acrisoladas desde antaño y enraizadas en sus tradiciones más genuinas, por lo que los poderes públicos deben ayudarlas, que no monopolizarlas, asunto éste que ya observó Jovellanos en su informe sobre fiestas y espectáculos al Consejo de Castilla.
Cuando pretendemos amasar los mitos y las leyendas con la historia o con la ciencia, no conseguimos más que acrecentar las incógnitas, pues como ya se decía en la antigua Grecia: “los dioses ni dicen ni ocultan, sino que dan señales, las cuales debemos interpretar”. En la Edad Media fueron los Templarios los mayores propagadores del culto a las reliquias de Tierra Santa, las cuales distribuían y “comercializaban”, e incluso existe la fundada sospecha de que también las falsificaban. En todas sus principales encomiendas existieron “lignum crucis”, custodiados en relicarios ricamente adornados con metales preciosos y pedrería. Todo este gran tesoro templario, a la disolución de la orden, en el año 1312, pasó principalmente a las de Calatrava, Santiago y Montesa, que continuaron con sus leyendas y milagrerías, lo que les rentaba afluencia de peregrinos a los lugares de culto y pingüe beneficio en el cepillo. Haciendo un somero análisis se comprueba que las leyendas y relatos son de una fantasía sin límite, rayando casi en lo irreverente e idolátrico, con infantilismos de cuentos de hadas, producto, en la mayoría de los casos, de la imaginación popular y su deformación por la transmisión oral que, por lo general, se empezó a reflejar por escrito a partir del siglo XVIII, haciendo constar las siguientes anotaciones: “…que se dice piadosamente aparecida; encontrada o traída por espectrales figuras de guerreros, ángeles o tal o cual santo a caballo…etc.” Todos estos fenómenos sobrenaturales se hacían coincidir con algún hecho de armas de la Reconquista o tras ella, con el objeto de aumentar el acerbo religioso popular.
Considerando que todo lo anteriormente expuesto no es irreverente, sino todo lo contrario. Espero que su lectura sirva para concienciarnos, tanto a nivel individual como colectivo, de la importancia que tiene el saber lo que llevamos entre manos y manifestar, tanto oral como por escrito, lo que más se ajuste a la realidad, evitando que la fantasía nuble a la razón. Y a pesar de haberse encontrado la noticia periodística de que en 1922 se celebró “el centenario de la aparición de la Stma. Cruz”, la incógnita continúa, porque no queda claro de qué centenario se trata; si del primero, segundo, tercero, etc., como tampoco de qué tipo de aparición o encuentro, así como de su situación en el tiempo y su concordancia con los hechos históricos documentados hasta ahora encontrados, caso de que los hubiere.

E. Marco

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