DATOS HISTÓRICOS SOBRE LA FIESTA DE SANTA ANA Y SU ERMITA


  • En 1566, el 25 de julio, festividad de Santiago, el concejo acuerda celebrar en lo sucesivo la fiesta en honor de la señora Santa Ana, madre de Ntra. Señora la Virgen María, para que ella les sea interceptora con Ntro. Señor, en guiarlos en todos su hechos y en darles bienes temporales. Página 240 del libro de la Historia de nuestra Parroquia.
  • Tras el concilio Vaticano II se produjo la reforma del santoral y la festividad de San Joaquín, que se celebraba el 17 de agosto, se unió con la de Santa Ana, el 26 de julio.
  • La ermita de Santa Ana de Abanilla se terminó de edificar en 1604, a cargo del concejo, pero no se tiene la certeza de que fuera en su actual emplazamiento, posiblemente en la Huerta, según los datos especificados en dos testamentos del año 1596. (Véase Historia de Abanilla, de Musá Ben Nusayr y el capítulo IV del libro de la Parroquia). En el siglo XVIII, ya se especifica, inequívocamente, su actual emplazamiento. Desde su principio tuvo su ermitaño, con cargo al concejo, previa propuesta por éste y la ratificación del Obispado, (páginas 92 y 93 de la historia de la Parroquia). El aljibe que hay junto a la ermita lo adquirió el concejo en el año 1606.
  • La primera referencia que tenemos de la procesión de Santa Ana, en su ermita, es del año 1605, en la que consta que Juan Tenza cobró 32 reales por efectuar una danza, dando gracias por el buen tiempo que les había dado el Señor (página 240 del tomo I, de La Historia de Abanilla, de Musá Ben Nusayr).
  • En el año 1719, se relaciona que en la iglesia de Abanilla había un lienzo (pintura), de Santa Ana, proveniente de su ermita. También se reseña que en la iglesia de San Benito había una campana procedente de la ermita de Santa Ana. La ermita de Santa Ana, en varias ocasiones ha estado en ruinas, con el techo volado. Sus enseres fueron depositados en la iglesia y en la ya desaparecida ermita de San Sebastián y San Roque (la de San Antón)
  • Desde el año 1942, en Santa Ana está la imagen de San Joaquín y desde 1986 la de la Virgen de Fátima. Actualmente también está la de San José, el que estaba en el retablo, adquirido por el Ayuntamiento en 1941, junto con un armonio, a Ramón Berteliú, de Olot, según el acta municipal del 07-04-1941.
  • Respecto a la forma en que se deben celebrar los eventos festivos, tenemos que remitirnos a las directrices emanadas del concilio de Trento (1545-63), que dicen lo siguiente: “la celebración de los santos o la visita a las reliquias, no deben verse pervertidas por el pueblo en fiestas ruidosas y alcohólicas, como si aquellas pudieran celebrarse con jolgorio y sin ningún sentido de la decencia”.
  • En los evangelios apócrifos, el llamado protoevangelio de Santiago, probablemente del siglo II, nos refiere que los padres de la Virgen María se llamaban Joaquín y Ana. Tenían una buena posición social pero llegaron a la ancianidad sin descendencia y en aquella sociedad de entonces la esterilidad era motivo de abochornamiento. Abrumados por este pesar no dejaban de pedir a Dios un hijo. Joaquín dejó a su mujer y se fue a la montaña con sus rebaños. Un día se le apareció un ángel a Ana y le dijo: “Ana, el Señor ha escuchado tu ruego: concebirás y darás a luz y de tu prole se hablará en todo el mundo”. Este relato parece un calco de la anunciación del ángel Gabriel a María, referido en los evangelios canónicos por san Lucas, pero es el único que hay.
Datos recopilados por E. Marco ( programa de fiestas Mahoya 2009)

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ENTRE LA TRADICIÓN Y LA PEDANTERÍA


  Escritores nada sospechosos de ateismo y proselitismo, como J. Barceló Roldán, han dicho lo siguiente: “Un cristiano ni tiene por qué, ni debe apoyarse en reliquias como sudarios, lignum crucis, paños de Verónica y otras tantas que la piedad, o mejor dicho, la superstición popular ha elevado a la categoría de documentos históricos concluyentes, cuando la verdad es que su veneración proviene de tradiciones y leyendas a las que el tiempo ha nimbado con una aureola místico religiosa, y nada más”.

            Además de lo que ya he escrito en otras ocasiones, citaré que el vocablo de Verónica no corresponde a ningún nombre de persona judía, griega o romana de la antigüedad, sino que deriva su significado de la contracción del nominativo “icono verdadero”, es decir, “vero icono”, procedente todo ello de una leyenda o cuento apócrifo de la Pasión del Señor. Por ello no debemos apoyar nuestra fe en las reliquias, y mucho menos en su posible autenticidad. La fe del cristiano, como dicen los Santos Padres, debe basarse en la doctrina y en el mensaje de Cristo a través de las enseñanzas del Evangelio, apoyándonos como alimento espiritual en su presencia “sacramental”, que no física, en la Eucaristía. Y digo física, porque científicamente se denomina “física” a todo aquello que se pueda contar, medir, pesar o detectar por medio de aparatos o procedimientos conocidos. Otros autores más sospechosos de proselitismo que el citado J. Barceló, dicen que creer en la autenticidad de las reliquias, en general, puede rayar en la subnormalidad. Hay que tener en cuenta que, por lo general, la osadía es la hija natural de la ignorancia. No hay que olvidar que de los dioses del Olimpo griego y romano, también se conservaban reliquias “auténticas”: El casco de Mercurio, el tridente de Neptuno, etc., incluso del barro con que se creó al primer hombre.
            La fe y la devoción mal entendidas no deben servir para emplear terminologías inadecuadas, pues la Santa Cruz es el símbolo del cristianismo. Como dijo Miguel Hernández en su poema Reconquista: “El lábaro triunfal de Constantino”. Debemos cuidar las expresiones, sobre todo las escritas, las que no se las lleva el viento, si no queremos caer en la pedantería. Pero también las verbales, sobre todo en actos festeros y discursos oficiales. La Santa Cruz es lo que es y ni en sentido figurado ni poético debemos considerarla nuestra madre que nos protege bajo su manto, porque le estaríamos quitando el puesto que por derecho propio tiene la Santísima Virgen. No olvidemos que la devoción sacada de contexto es un hazmerreír garantizado.
            Aparte de todo lo anterior, cada vez parece estar más claro, sobre todo para los que no nos andamos con chovinismos, que la devoción a la Santa Cruz en nuestra villa puede datarse entre 1622 y 1722, lo que nos hace partícipes de la veneración a las reliquias más significativas, las de la Pasión del Señor, lo que debe ser orgullo de los abanilleros, pero dentro del un orden religioso y civil, que no todo lo contrario. La leyenda más o menos increíble (casi todas las leyendas suelen ser increíbles), de la aparición o encuentro forma parte de nuestra idiosincrasia y de nuestra historia, por lo que no la debemos minimizar ni maximizar con otros intereses que no sean los meramente religiosos, porque de lo contrario caeremos en la irreverencia. La verdadera reverencia no consiste en hacer genuflexiones y parafernalias innecesarias. A propósito de esto, recuerdo que en la celebración de un medio año festero, no muy lejano, unas determinadas personas entraron en la ermita de Santa Ana y, desde el portal, empezaron a santiguarse y hacer genuflexiones, más que si estuviera expuesto el Santísimo. No es el mismo protocolo religioso el de la adoración que el de la veneración. No se deben confundir los tratamientos, independientemente de la fe o la devoción que cada una sienta por tal o cual santo o reliquia. Cada cosa en su lugar y cada santo en su pedestal.
E. Marco

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